Mostrando las entradas con la etiqueta Historias de mi país. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Historias de mi país. Mostrar todas las entradas

22/8/14

Boleadas eran las de antes


Difícil es hoy día, con la pampa alambrada, cruzada de caminos y líneas férreas, imaginar una boleada de las de “antes”.
Estas décimas tratan de rescatar esta actividad uniendo datos que extraídos de diferentes libros y memorias he unificado en este relato.
Diversión para el gaucho en una primera etapa, al tomar las plumas del ñandú un valor importante, dado su requerimiento para adornar los sombreros de las damas y los penachos de los militares, hizo que el gaucho entre changa y changa realizara importantes boleadas como una manera de hacerse de algunos “patacones”.

pintura gauchesca con potreadoras montefusco
"Con potreadoras" - Carlos Montefusco

El gaucho nunca llevaba
las “bolas” en el recado,
cosa de verse apurado
de un tirón las desataba.
Es así que se colgaba
alguna que otra potrera
a más de las ñanduceras,
para tenerlas seguras,
una o dos en la cintura
y otras más en bandolera. 

Un buen boleador, primero,
elegía en el corral,
de seguro un animal
blando de boca y ligero.
Desechaba del apero
las prendas que no iba a usar
y ahí nomás iba acortar,
para afirmarse en el tiro,
media cuarta del estribo
que está del la’o de enlazar.

Ya con todo preparado,
encaraba el pastizal,
media rienda al animal
para no llegar cansado.
En el sitio señalado,
entre risas y aguardiente,
estaba toda la gente
esperando que un “puntero”
revoleara su sombrero
para partir de repente.

Convocados pa´ bolear,
y sin mediar seña alguna
armaban la “media luna”
y echaban a galopear.
Solo era cosa de arrear
gamas, ñanduces, venados,
que al sentirse atropellados
de semejante manera,
partían a la carrera
muy nerviosos y asustados
Gritos, espuma, sudor.
La pampa que se estremece...
Y entre la paja aparece,
el suri gambeteador,
detrás se escucha un fragor
y envueltos en “polvadera”
bestias y hombres en carrera
y en sus derechas, silbando,
el aire que iba cortando
las temidas ñanduceras.
Con tan solo una mirada,
el gaucho elige su presa,
y con notable destreza
las “bolas” son arrojadas.
Surcan el aire guiadas
por la experiencia que encierra
años de práctica y guerra
y dan contra el avestruz,
que con sus alas en cruz,
boleado, cae en la tierra.

Se detiene con presteza,
tira una pilcha a su lado,
de esta manera ha marcado,
la propiedad de la pieza.
A pura espuela regresa,
para algún último intento
y sudorosos, sedientos,
esos gauchos corajudos,
acaban medios desnudos,
cansados pero contentos.

Es al llegar la oración,
la señal para volver,
y de paso recoger,
lo que voleó en la ocasión.
Una picana, un alón,
todo vale, pesa o suma,
a más de un montón de pluma,
que con placer y alegría
cambiará en la pulpería
por todo lo que consuma.

 


Carlos Ernesto Pieske


19/8/14

El boyerito


pintura gauchesca carlos montefusco


EL “BOYERITO”, es en el campo el chico de los mandados y encargado de un sinnúmero de tareas, que aunque parezcan menores, no por ello dejan de ser importantes.
Juntar huevos, traer leña, dar de comer a las gallinas y cerdos, acarrear agua, son algunas de sus labores. En cuanto al tambo, es que da el inicio al traer a las lecheras hasta el corral, luego deberá largar los terneros, manear las vacas, apoyar y por último sujetar los terneros a la mano de la vaca.
Yo que he tenido la suerte de ser docente rural durante más de 30 años, los he visto y recibido en la escuela, cansados, con sus manitos curtidas por el frío y el trabajo, muchas veces mal dormidos, pero sin embargo con asistencia completa, claro, en la escuela era el único lugar donde se juntaba con otros chicos para algo tan importante como aprender: “jugar”.





“BOYERITO DE TAMBO”

Las tres de la madrugada,
fría mañana de mayo,
y el boyerito a caballo
ha comenza’o su jornada.
Blanquea todo la helada,
pero es guapo y no se queja,
la gorra hasta las orejas,
un ponchito remendado
y para el campo ha rumbeado
en su yegua mansa y vieja.

Es su trabajo primero
encerrar a las lecheras
que en fila por la tranquera
se acercan hasta el “chiquero”,
allí balan los terneros
toda la noche encerrados,
y en cuantito se ha bajado,
las maneas acomoda,
y como están duras todas
las soba en el alambrado.

Ahora le toca apoyar,
ya unas vacas ha maneado,
y los “guachos” que ha largado
van sus madres a buscar.
Un rato los va a dejar
que chupen bien los mamones,
ablandando los pezones,
y enseguida va y los ata
a la mano de la vaca
quedando allí a los tirones.

Y ya la gente tambera
Se acerca pa’ la ordeñada,
la gorra bien encajada;
medias hechas de arpillera,
zuecos de suela y madera
en lugar de la alpargata,
balde abollado de lata
y colgando a la cintura
el blasón de esta cultura
que es el banco de una pata.

El sol que viene asomando,
pinta naranjas y rosas;
la leche fluye espumosa
mientras la van ordeñando
y cuando están terminando,
el chico corre al galpón,
ya se trae de un tirón
los yuguillos, las pecheras
y las riendas y anteojeras
que deja en el carretón.

Dos pecheros trae un peón
que enseguida ata al carro
y así cargado de tarros
se va para la estación.
El chico cierra el galpón;
es cerca del mediodía;
y rebosando alegría
va a la cocina, contento.
Hoy... se ganó su sustento,
mañana será otro día.


Autor: Carlos Ernesto Pieske


8/8/14

“Agregados”, linyeras, atorrantes y crotos



vagabundo con mono a cuestas

 
Hoy voy a referirme a aquellos personajes trashumantes que se los sabía ver, errantes, por los caminos de la pampa, algunos a caballo, otros a pie y que dieron lugar a un sinnúmero de historias, de las simpáticas y de las otras y también, por las distintas extracciones, un variado número de confusiones, pues no todos buscaban los mismo, pues si bien se han mezclado sus nombres y hoy se utilizan como sinónimos, en sus orígenes, no lo son.

Cabe agregar también que se los sabía ver, fundamentalmente a aquellos que se desplazaban caminando, con un palito al hombro y en el que colgaban simplemente una bolsa con sus pocas pertenencias, al que se le llamaba “mono”, transitando por los polvorientos caminos o las vías del tren, que los llevaban a todas y a ninguna parte.
Estos personajes, dieron lugar a crear aquel famoso mito con que nuestros padres nos asustaban para que durmamos la siesta o para que no nos alejáramos mucho de nuestros hogares: “El hombre de la bolsa”.
 
Quienes lo hacían montados, generalmente llevaban sus pocas vituallas, colgadas en las maletas en el anca de sus flacos y ajetreados caballos.
Hacia principios del siglo XX la provincia de Buenos Aires se encontraba ya casi totalmente alambrada. Los viejos gauchos que se resistían al sedentarismo y añoraban los tiempos en que podían galopar libres por la pampa, recorrían las estancias quedándose tan solo unos pocos días en ellas gozando de la proverbial hospitalidad gaucha.
Yo los llegué a conocer, a principio de los años 50 en las estancias en que mi padre se desempeñaba como mayordomo, la verdad es que según su idiosincrasia, a mis hermanos a mí había algunos que nos gustaban y divertían, otros en cambio no producían un miedo atroz.
Renuentes al trabajo, muy pocas tareas se les podían encomendar y se los veía todo el día al lado del fogón, mateando, comiendo lo que le ofrecían, algunos, totalmente histriónicos, contando aventuras llenas de hazañas exageradas, que generalmente nadie creía, pero que servían como motivo de diversión para la peonada en esas mateadas que se realizaban previo a la cena y luego de un día de trabajo, otros, menos comunicativos, se sentaban taciturnos junto al fuego y con su mirada puesta en las llamas, sus pensamientos volaban quien sabe adónde.
Llegaban sin anunciarse y de la misma manera desaparecían.
Se los conocía con el mote de “agregados”.
Previo permiso del dueño o mayordomo a cargo, desensillaban y dormían en un rincón de cualquiera de los galpones existentes en las estancias.
Muchos de estos personajes eran viejos soldados que después de muchos años enrolados en el ejército habían perdido sus hogares y dados de baja por viejos y por el mismo motivo no “conchabados” en nuevos trabajos no les quedaba otra que ese continuo vagabundeo, sin hogar y sin familia. Para ellos 
escribí alguna vez...

“Y esos gauchos veteranos,
de aquellas guerras civiles,
extrañan hoy los fusiles
y los trabucos de mano.
Se niegan a ser paisanos
y cuentan en los fogones
de retumbar de cañones
y cruentas cargas de lanza,
mientras se llenan la panza
a cuenta de los patrones.”

 
Guillermo Hudson en su célebre “Allá Lejos y Hace Tiempo”, libro que mucho usé en mis años de maestro y del cual recomiendo su lectura por el colorido de sus descripciones, tanto de paisajes como de personajes, plantas y animales, tiene una referencia a uno de estos personajes y dice así: “los gauchos decían que un hombre sin caballo era persona sin piernas; pero para mí constituyó novedad ver cierta mañana un hombre corpulento, montado en un caballo de gran alzada, que se acercaba a nuestra tranquera, acompañado de un chiquilín de nueve a diez años. Este a su vez montaba un petiso. Quedé asombrado de la singular apariencia del hombre: tieso y derecho sobre el recado y con la mirada fija delante de él.
 
Tenía el pelo y la barba largos y grises. Su sombrero de paja y de alta copa afectaba la forma de un florero invertido, con alas muy angostas; sombrero que hacía tiempo encontrábase fuera de moda entre la gente del país, pero que aún lo usaban algunos. Sobre sus vestidos llevaba un poncho rojo.
 
Completaban su indumento, las pesadas espuelas de hierro, encajadas en los talones de las “botas de potro”, especie de largas medias hechas de cuero de potrillo sin curtir. Ya ante la casa, gritó en alta voz: ¡Ave María Purísima!”... Luego hizo un relato autobiográfico, diciéndonos que era ciego y estaba obligado a vivir de la caridad de los vecinos, quienes, según las propias expresiones del postulante, proveyéndolo de cuanto necesitaba, se hacían bien a sí mismos, pues los que demuestran mayor compasión hacia sus afligidos semejantes, son mirados con especial favor, desde arriba, por el Todopoderoso.

...............................................................................................
 
Cuando hubo recibido todos esos comestibles y los colocó bien en las alforjas, dio las gracias y se despidió...”
La palabra “linyera” probablemente tenga un vinculo el término que los gallegos utilizan para denominar la ropa interior “lingerie”, o con el dialecto piamontés lingér que significa hombre pobre. Linyera es el vagabundo que sólo lleva como propiedad, la ropa intima guardada en una bolsa que este carga a través de un palo, como ya lo expliqué anteriormente.
 
El otro término, “atorrante”, muy utilizado y acuñado aquí en nuestro país, denominó al vagabundo o linyera que dormía en unos caños de provisión de agua de grandes dimensiones, que pertenecían a una firma que se denominaba A. Torrant. De allí proviene también la palabra del lunfardo “Torrar”, que significa dormir, descansar.
 
Croto, tiene otro origen, era el vagabundo, generalmente “trabajador golondrina” que debido a la situación económica que pasaba nuestro país se trasladaba de una cosecha otra ofreciendo sus servicios temporarios mientras ésta duraba. Podía viajar gratis en los trenes de la provincia de Buenos Aires por una ordenanza dictada en 1920 por el gobernador radical José Camilo Crotto, y de allí viene el mote, pues los guardas de trenes al ver alguno de estos individuos subido a un vagón de carga le decían: “Vos viajas por Crotto”.


 Autor: Carlos Ernesto Pieske



20/7/14

La historia detrás de la canción "Luna cautiva"

La historia de la noche que terminó con el Chango en prisión luego de matar al “Toro mañero” está relatada en el libro de Federico Racca. Además, una columna sobre el tema "Luna cautiva".


historia de luna cautiva


La Gringa baja del auto, le cuenta al Negro López lo que había pasado; le dice que el Chango quiere verlo. El Negro se va a Córdoba, a la Tercera, en la Santa Rosa. Vuelve muy triste; al Chango lo tenían en un galponcito porque los calabozos estaban repletos; estaba engrilletado a una cama de hierro; sucio, demacrado”.

El relato pertenece al libro Chango, que Federico Racca editó con el sello Raíz de Dos. Y las palabras son de quien fuera el chofer de Rodríguez, primero en su Chevy dorado y por último en su Falcon Dos Veintiuno. El “Negro” de la historia es Gerardo López, la voz inconfundible de Los Fronterizos.

En el relato, la historia de la noche triste del Chango, que acabaría con él en prisión, comenzó en el corazón de barrio Alberdi, en una de esas tantas reuniones de puchero regadas con abundante vino. “Jugaban al truco, comían: empezaron a hablar de músicos, entonces una de las mujeres dijo: ‘Ustedes los autores se apoderan de piezas inéditas, populares, de gente que no tiene la posibilidad de inscribirlas’. El Chango se volvió loco, le contestó mal y, como buenos mamados, se desconocieron y los muchachos que estaban en la reunión se trenzaron con él a las trompadas y lo empujaron a la calle”. Y sigue: “El gran problema del Chango es que deja pasar la curda, va hasta su casa, busca la 45, vuelve a esa fiesta en que la pelea había sido una hora antes y le mete el cuetazo al Toro”.

La historia, contada en segunda persona porque fue reconstruida a través de relatos de aquellos testigos de época, entre realidades y cierta mitología, es una de las páginas del libro Chango, editado en mayo de 2010.

Poesía cautiva

Por José Playo

Durante muchos años, sin saberlo, del otro lado de la ventana de mi habitación veía la cárcel en la que había estado encerrado el Chango Rodríguez. Mi casa en Bella Vista quedaba a pocas cuadras de la ex- Cárcel de Encausados, donde el Chango estuvo detenido por la muerte de una persona a quien él mismo apodó “Toro mañero”.

Busqué información sobre el episodio, pero se trata de una causa enmohecida en vaya a saber qué archivo judicial. Del período del Chango tras esos ladrillos infernales nació una de las canciones más hermosas que ha navegado sobre las aguas de La Cañada: Luna cautiva.

Escuché esa canción miles de ­veces, extasiado por su poesía, sin tener la menor idea de lo que decía. Para mí alcanzaba que sonara lindo en la ducha. Más tarde me enteré.

“Tu amor es una estrella / con cuerdas de guitarra, / una luz que me alumbra en la oscuridad. Acércate a la reja / sos la dueña de mi alma, / sos mi luna cautiva, / que me besa y se va.

El amor es de la esposa del Chango, que, del otro lado del paredón que separa la cárcel de la calle, convierte a los barrotes en cuerdas de guitarra. Luna cautiva es la metáfora del encierro inverso, para el cantautor, es ella quien ­está atrapada en el marco de esa ventana, tirándole besos desde el sauzal.
La musa (Lidia Haydeé Margarita Bay) falleció el 3 de noviembre de 2008.

Su canción no morirá jamás.




25/6/14

Güemes, el valor al servicio de la libertad


guemes+folklore+argentino





El 17 de junio de 1821, hace hoy 193 años, murió Martín Miguel de Güemes como consecuencia de la herida que había recibido diez días antes en una emboscada de los realistas, que habían entrado subrepticiamente a la ciudad de Salta al mando del "Barbarucho" Valdés.

Amado y combatido en su propia tierra, el general de 36 años pudo calificarse sin exagerar, en una presentación al gobierno, como "el primero que vino el año 1810 [en Salta] en defensa de la sagrada causa de la patria". Antes había peleado en Buenos Aires y en Montevideo contra los británicos (1806-1807), y tras la Revolución de Mayo había actuado en forma decisiva al frente de sus gauchos en la batalla de Suipacha. Junto a Juan Martín de Pueyrredón, había realizado luego una novelesca marcha con el enemigo pisándole los talones por una senda que comenzaba a 4100 metros de altura sobre el nivel del mar y se desenroscaba entre las montañas a través de laderas, cornisas, depresiones y crestas, con el fin de conducir a Salta la plata y el oro extraídos de la Ceca de Potosí, para sostener la causa de Mayo. San Martín, jefe del Ejército Auxiliar del Alto Perú en reemplazo de Belgrano, lo nombró en 1814 comandante de la vanguardia. Fue cuando comenzó la Guerra Gaucha, que lo llevó a repeler una y otra vez las invasiones realistas, hasta que la traición de algunos de sus propios paisanos lo condujo al fin de sus días.

Se halló próximo a Belgrano y a San Martín en la vida y en los ideales. Fueron pocos en la historia argentina los casos en que seres tan diferentes por su carácter, formación y hábitos conjugaron con tanta coherencia y decisión sus esfuerzos en pos de una causa superior, como la de la independencia sudamericana.

Belgrano fue un hombre de ideas, acostumbrado a la reflexión y al estudio riguroso de libros que reflejaban la riqueza y variedad del pensamiento del Siglo de las Luces, pero se convirtió en militar por las circunstancias. San Martín representó un cabal modelo de soldado hecho a la rigidez de la disciplina, la lectura de los clásicos de la guerra y las grandes campañas europeas de fines del XVIII y principios del XIX. Güemes, vástago de familia pudiente y noble, poseyó, a falta de experiencias de esa índole, valor, intuición y dotes innatas de conductor para una brega de características tan peculiares como la de "la tierra en armas". Los tres supieron complementarse para contener y vencer a los mejores soldados de la monarquía hispana.

San Martín, que percibió las falencias y debilidades del Ejército del Alto Perú, intuyó con claridad que Güemes sería una pieza clave para su plan emancipador por su carácter infatigable y por el ascendiente de que gozaba, y lo colocó en el lugar apropiado para abortar el proyecto del virrey Pezuela de tomar las provincias del Noroeste y Cuyo.

Ya asentado en Chile, tras cruzar "las montañas más altas del Globo", el Libertador consideró importante estar permanentemente al tanto de los movimientos del jefe gaucho y de informarle de sus propios avances. Finalmente, cuando se hallaba a punto de materializar la expedición anfibia al Perú y recibió la infortunada orden de regresar con su ejército a las Provincias Unidas para sostener al Directorio enfrentado con los caudillos del Litoral, San Martín, al desobedecerla con el respaldo de todos sus comandantes, nombró a Güemes general en jefe del Ejército de Observación y le encomendó que invadiese las provincias altoperuanas cuando las fuerzas libertadoras avanzaran sobre Lima. Pero el desarticulado y mendicante Ejército del Norte asentado en Tucumán no podía cooperar en operación alguna y el proyecto quedó frustrado.

Belgrano, San Martín, Güemes y también Pueyrredón, tal vez menos conocido y sin embargo figura fundamental por sus ideas y acciones en la memorable etapa de la emancipación, no vacilaron en adoptar enérgicas medidas con objeto de obtener los recursos que necesitaban. Fueron conscientes de las resistencias y recelos que iban a despertar y de las defecciones que inexorablemente habrían de obstaculizar su camino. Sin embargo, hallaron, frente a las reticencias y el egoísmo de algunos, la comprensión y el apoyo de los que querían ser libres. El sacrificio de los jujeños durante el éxodo previo a la victoria de Tucumán; la entrega de bienes, recursos y brazos a lo largo de la formación del Ejército de los Andes; el apoyo de estancieros y gauchos convertidos en jefes y soldados, superaron las aprensiones y hasta la traición de quienes, para resguardar sus posiciones y bienes, no vacilaron en acercarse al enemigo.

Como todo hombre, Güemes cometió errores, gobernó con dureza a salteños y jujeños y no vaciló en ordenar exacciones en pos de obtener recursos para la lucha a la que él y su gente dedicaban todas sus energías. En su colosal esfuerzo no podía sino tocar intereses económicos y de círculo que finalmente jugaron en su contra facilitando las invasiones realistas y empujándolo a la muerte.

La figura de Güemes, como la de sus camaradas en los puestos más altos de la gloria, estuvo impregnada de luces y sombras, grandezas y miserias, enfermedades y frustraciones propias de la condición humana, y así merece ser contemplada y honrada.



El autor es presidente de la Academia Nacional de la Historia


Publicado en http://www.lanacion.com.ar/
 

Cuando los gauchos eran sabios y reflexivos


Con proverbios y toda clase de dichos, los criollos lograron forjarse la imagen de hombres sentenciosos y juiciosos

Pintura: Eleodoro Marenco




Tercamente se halla unida la noción de gaucho y de paisano -y aun de criollo viejo- a la de persona sentenciosa y reflexiva, a cierta sabiduría rural que permanecería todavía hoy en el trasfondo de nuestro espíritu nacional. Muy característicamente, la imagen que nos queda de ellos los presenta siempre dando consejos, moliendo proverbios y dichos, y con disposición inagotable para hallar comparaciones ingeniosas, muy a menudo relacionadas con los usos y la naturaleza de los animales, profusamente citados en el tiempo de los matreros, incluso algunos jamás conocidos por aquí: "La noche era escura como boca'e lobo", tira a exótico, pero igual no deja de ser genuinamente pampeano.

Claro que no fue nunca tanto como se cuenta y hoy mismo -si la experiencia vale-cualquiera que salga a reconocer restos de aquello comprobará que lejos de ser así, el campo lleno está de gente para nada adornada por esa cualidad de la agudeza. La hay, por el contrario, completamente silenciosa e inexpresiva y también otra abusivamente charlatana, sin el menor atisbo de sabiduría en lo que dice. Pero ése es otro asunto y no viene al caso.

Arquetípicamente nuestro gaucho y nuestro criollo son representados como hombres de reflexionar y de expresarse elíptica o irónicamente mediante dichos y "comparancias". En nuestro imaginario folklórico eso está firmemente arraigado y así como corre eso de que todos los vascos son nobles, hay cierta certeza extendida de que los gauchos en su conjunto eran sabios. Sin duda, el aislamiento los inspiraba y la mateada les daba ámbito propicio, al forzarlos a hablar despacio. Con el agregado importante de que el que sabe es porque aprendió, o sea, que no en vano ha visto pasar días y años, de donde surge otra línea hondamente trazada en el colectivo sentimental criollo, que es cierta ingenua exaltación de la vejez. Veamos: el viejo Vizcacha, el viejo Pancho, el viejo Hucha; tampoco es joven don Segundo y aún el mismo Fierro empezaba ya a encanecer para la época de la Vuelta.

La otra herencia es el zoomorfismo rampante del saber criollo, insoslayable legado del pasado pastoril. Descuella primero en los dichos: "renguera de perro", "no hay que cansarse en partidas", "todo bicho que camina...", "el zorro que es corrido dende lejos la olfatea", "nunca falta un güey corneta", "el cerdo vive tan gordo...", "nunca hay que disparar por la loma", "cada lechón en su teta", etcétera, etcétera.

El siguiente paso nos hace topar naturalmente con la adjetivación: se es un toro, un mancarrón, un zorro, un zorro en el gallinero, una perdiz, un peludo, un gallito, una paloma, una gaviota, un guanaco.Pero ciñámonos al tema: para nosotros la sabiduría anida cabalmente en los refranes o dichos, e ignoramos por completo esa tacha de vulgaridad que envuelve, quieras que no, al repertorio vastísimo de Sancho Panza; por otro lado, en la tradición rioplatense ellos están repletos de animales y este rasgo, evidentemente, contribuye a potenciar y a matizar su alcance. Al igual que en la fábula clásica o en los dibujos de Walt Disney los animales hablan por los hombres, recurso didáctico que introduce una cuota de inevitable humildad en la descripción de nuestras pasiones y apetencias.




Por Fernando Sánchez Zinny para La Nacion


24/6/14

La Virgen de Luján al principio fue de Pilar






Martha Salas. 2009. La Nación, Secc. Campo, 15.08.09:14.





SEGÚN EL HISTORIADOR RAÚL MOLINA, EL LUGAR DONDE LA CARRETA SE QUEDÓ FUE A CINCO LEGUAS DE LA BASÍLICA


virgen de lujan pintura





La virgen de Luján tiene una interesantísima historia basada en un milagro que sucedió en el siglo XVII (en 1688, se calcula), en momentos en que su imagen era transportada dentro de un cajón rumbo a Sumamapa, en Córdoba, por encargo de un hacendado portugués que residía en ese paraje.

Esa imagen de barro cocido de 38 centímetros de altura era la obra de un artesano de San Vicente, Brasil, y venía cruzando largos y trabajosos caminos desde allí.

Cuando la carreta en la que era transportada había llegado hasta el río Luján y estaba por cruzarlo sus ruedas se trabaron, lo que le impidió el cruce. Los conductores supusieron que la carreta no avanzaba por la carga y sacaron el cajón de la Virgen, y entonces sí pudo avanzar. La acción se repitió una y otra vez, hasta que llegaron a la conclusión de que la Virgen quería quedarse en esa orilla.

Dice Virginia Carreño en su excelente libro Estancias y estancieros en el Río de la Plata, al cual sigo en este relato, que la gente, ante esa manifestación de deseo de la Virgen de permanecer allí, la llevó hasta la estancia más cercana, donde quedó instalada en una ermita hasta que se le hiciera una capilla.


virgen de lujan en carreta


NOVEDOSO 



Lo novedoso del caso fue que ese milagro no sucedió en el lugar donde se levanta la actual Basílica de Nuestra Señora, sino a 5 leguas de ella, en la zona de Pilar, donde subsiste todavía un vado del río Luján conocido como Pasaje de la Virgen.

Esto se sabe gracias a la investigación del historiador Raúl Molina, que inició el rastreo de los títulos de propiedad en la época del milagro, en repartos dados por Hernandarias.

Molina ubicó el lugar en la quinta y parte de la sexta suerte de tierra sobre el río Luján, perteneciente en esa época a los hermanos Diego y Oromas de Rosende, ambos sacerdotes con funciones en muy alejadas parroquias.

La ermita era cada vez más concurrida por devotos, romeros, promesantes y gente de fe. La concurrencia era tan numerosa que los sacerdotes predicaban y realizaban ceremonias a diario y al aire libre, sin que llegara a construirse la prometida capilla.

La Virgen recibía regalos y ofrendas muy valiosos para la gente de campo, como ganado vacuno o lanar. Esta es la razón por la que se la llamó "La Virgen Gaucha".

La vecina de la suerte doña Ana de Matos ofreció a los padres Rosende hacerse cargo de la Virgen, ordenar y mantener su culto sin importar lo que pudiera costarle y terminó llevándose la Virgen a su casa hasta que se le construyera un templo.

Los vecinos de la ermita se resistieron al traslado de la Virgen, pero Ana de Matos les ofreció tierras cinco leguas mas allá sobre el río Luján, y los vecinos aceptaron el ofrecimiento.

Para la construcción del edificio del futuro templo cedió una cuadra de tierra más un cuarto de legua de campo río abajo, para recibir los ganados que los fieles ofrecerían al ver cumplidas sus promesas. Los devotos de la Virgen poblaron esta nueva zona y así nació la Villa de Luján.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...